Los fracasos de Copenhague


Los fracasos de Copenhague impactan de lleno en el sistema de la ONU Por Richard Ingham (AFP)

COPENHAGUE — Los esfuerzos para forjar una alianza mundial contra el cambio climático parecían a lo largo de la última década un descarrilamiento en cámara lenta, y durante la última semana en Copenhague muchas veces se tuvo la impresión de que la catástrofe iba a precipitarse. La ONU había marcado el 18 de diciembre de 2009 como la fecha en la cual todos los países se unirían bajo su bandera para enfrentar una de las mayores amenazas que pesan sobre la humanidad en el siglo XXI. Pero finalmente, el día será recordado como el de un caótico regateo entre un puñado de líderes de un selecto grupo de países. El grupo pergeñó un acuerdo no vinculante, de denominadores comunes mínimos, que dejó a las negociaciones sobre el clima en velocidad reducida y sembró cizaña en la comunidad internacional. El documento fue presentado ya envuelto y atado a la sesión plenaria, provocando la indignación de países en vías de desarrollo que se sintieron ignorados. La ONU sólo pudo alegar que de otra forma el “Acuerdo de Copenhague” hubiera nacido muerto. “Tal vez no sea todo lo que esperábamos, pero esta decisión de la conferencia de las partes es una etapa esencial”, dijo su secretario general, Ban Ki-moon. Diplomáticos consultados por la AFP se mostraban consternados por el ambiente caótico de las reuniones, por las consecuencias catastróficas del cónclave para el multilateralismo y por el fracaso de dos años de negociaciones ambiciosas para poner topes a las emisiones de gases contaminantes y al calentamiento del clima. Para algunos, la responsabilidad del fiasco recae en la extrema complejidad de las negociaciones, aunque para otros se debe al formato mismo de las discusiones entre Estados. “El mayor contragolpe se sentirá en el sistema de la ONU, no en el cambio climático”, aseguró un funcionario europeo. Los 194 involucrados en las negociaciones deben proceder por consenso, pero las divisiones entre ricos, emergentes y pobres acaban por afectar los compromisos necesarios para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero. Esos compromisos fueron preconizados desde la Cumbre de la Tierra de Rio de Janeiro en 1992. Los países en desarrollo se muestran comprensiblemente reacios a renunciar a la flexibilidad que se les acordó en materia de control de emisiones, aunque en la lista fuguren aún países como Corea del Sur y Singapur, cuyo PIB per cápita se sitúa ahora entre los más elevados del mundo. Los temas tratados son además complejos y abarcan desde la financiación de la adaptación al cambio climático de las naciones pobres a los sistemas de verificación de emisiones, pasando por los créditos de carbono. Todos esos temas ofrecen mil oportunidades para darle largas a las discusiones o para tratar lisa y llanamente de bloquearlas. Cuando se firmó el Protocolo de Kioto, en 1997, las perspectivas de consenso eran alentadoras. Pero pocos podían suponer que la cuestión del cambio climático se volviera tan urgente y que países como China, India y Brasil figurarían tan rápidamente entre los mayores emisores de gas carbónico del planeta. Otra cuestión que quedó en evidencia es el conflicto que puede plantearse para los líderes del planeta entre la defensa de los intereses globales y de sus intereses nacionales. El presidente del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), Rajendra Pachauri, había afirmado que la cumbre de Copenhague sería un “test importante” para saber si las naciones son capaces de unirse ante una amenaza común. Alden Meyer, director de la ONG estadounidense Union of Concerned Scientists (unión de científicos comprometidos), afirmó que el fracaso de Copenhague “demuestra la fragilidad del sistema multilateral” para dar respuestas con la celeridad requerida por el cambio climático. Pero, agregaba Meyer, la clave reside en la falta de dinamismo político. En la primera Guerra del Golfo, en 1990, recuerda Meyer, Estados Unidos consiguió formar una amplia coalición de países “fuertemente interesados” en expulsar de Kuwait a las tropas del presidente iraquí Sadam Husein, que habían invadido el emirato.Los fracasos de Copenhague impactan de lleno en el sistema de la ONU Por Richard Ingham (AFP) – hace 7 horas COPENHAGUE — Los esfuerzos para forjar una alianza mundial contra el cambio climático parecían a lo largo de la última década un descarrilamiento en cámara lenta, y durante la última semana en Copenhague muchas veces se tuvo la impresión de que la catástrofe iba a precipitarse. La ONU había marcado el 18 de diciembre de 2009 como la fecha en la cual todos los países se unirían bajo su bandera para enfrentar una de las mayores amenazas que pesan sobre la humanidad en el siglo XXI. Pero finalmente, el día será recordado como el de un caótico regateo entre un puñado de líderes de un selecto grupo de países. El grupo pergeñó un acuerdo no vinculante, de denominadores comunes mínimos, que dejó a las negociaciones sobre el clima en velocidad reducida y sembró cizaña en la comunidad internacional. El documento fue presentado ya envuelto y atado a la sesión plenaria, provocando la indignación de países en vías de desarrollo que se sintieron ignorados. La ONU sólo pudo alegar que de otra forma el “Acuerdo de Copenhague” hubiera nacido muerto. “Tal vez no sea todo lo que esperábamos, pero esta decisión de la conferencia de las partes es una etapa esencial”, dijo su secretario general, Ban Ki-moon. Diplomáticos consultados por la AFP se mostraban consternados por el ambiente caótico de las reuniones, por las consecuencias catastróficas del cónclave para el multilateralismo y por el fracaso de dos años de negociaciones ambiciosas para poner topes a las emisiones de gases contaminantes y al calentamiento del clima. Para algunos, la responsabilidad del fiasco recae en la extrema complejidad de las negociaciones, aunque para otros se debe al formato mismo de las discusiones entre Estados. “El mayor contragolpe se sentirá en el sistema de la ONU, no en el cambio climático”, aseguró un funcionario europeo. Los 194 involucrados en las negociaciones deben proceder por consenso, pero las divisiones entre ricos, emergentes y pobres acaban por afectar los compromisos necesarios para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero. Esos compromisos fueron preconizados desde la Cumbre de la Tierra de Rio de Janeiro en 1992. Los países en desarrollo se muestran comprensiblemente reacios a renunciar a la flexibilidad que se les acordó en materia de control de emisiones, aunque en la lista fuguren aún países como Corea del Sur y Singapur, cuyo PIB per cápita se sitúa ahora entre los más elevados del mundo. Los temas tratados son además complejos y abarcan desde la financiación de la adaptación al cambio climático de las naciones pobres a los sistemas de verificación de emisiones, pasando por los créditos de carbono. Todos esos temas ofrecen mil oportunidades para darle largas a las discusiones o para tratar lisa y llanamente de bloquearlas. Cuando se firmó el Protocolo de Kioto, en 1997, las perspectivas de consenso eran alentadoras. Pero pocos podían suponer que la cuestión del cambio climático se volviera tan urgente y que países como China, India y Brasil figurarían tan rápidamente entre los mayores emisores de gas carbónico del planeta. Otra cuestión que quedó en evidencia es el conflicto que puede plantearse para los líderes del planeta entre la defensa de los intereses globales y de sus intereses nacionales. El presidente del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), Rajendra Pachauri, había afirmado que la cumbre de Copenhague sería un “test importante” para saber si las naciones son capaces de unirse ante una amenaza común. Alden Meyer, director de la ONG estadounidense Union of Concerned Scientists (unión de científicos comprometidos), afirmó que el fracaso de Copenhague “demuestra la fragilidad del sistema multilateral” para dar respuestas con la celeridad requerida por el cambio climático. Pero, agregaba Meyer, la clave reside en la falta de dinamismo político. En la primera Guerra del Golfo, en 1990, recuerda Meyer, Estados Unidos consiguió formar una amplia coalición de países “fuertemente interesados” en expulsar de Kuwait a las tropas del presidente iraquí Sadam Husein, que habían invadido el emirato.

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