La terapia familiar como actitud


La terapia familiar como actitud

Resumen de Colapinto J, La terapia familiar como actitud (artículo).

 

Para explicar las diferentes actitudes terapéuticas que coexisten actualmente en el campo de la terapia familiar, presenta tres áreas donde estas actitudes se muestran en forma articulada.

 

·          Actitudes hacia la familia

·          Actitudes respecto del cambio

·          Actitudes respecto del rol del terapeuta

 

Presenta dos concepciones distintas sobre la familia y sobre la relación entra ella y los síntomas.

Una, percibe a la familia como una entidad relativamente autosuficiente, animada por un propósito central (la preservación de la misma), y al síntoma como desempeñando una función en el logro de este propósito.

La otra, percibe a la familia como una organización compleja, con propósitos múltiples que eventualmente entran en conflicto y ocasionan una deficiencia en la operación de la organización, una falla en el cumplimiento de las funciones.

La primera concepción imagina a la familia extendiéndose en su funcionamiento: el sistema trabaja demasiado, demasiadas cosas ocurren entre sus miembros.

El la segunda concepción (a la cual se adhiere el autor), la familia más bien parece pecar de una disfunción: hay actividades que deberían tener lugar y no lo tienen.

En el primer caso se “acusa” a la familia de provocar el síntoma, en el segundo caso se le acusa de tolerarlo, de no poder con él.

Ambas familias existen, si no necesariamente en la realidad, en la imaginación de varios terapeutas.

Llama entonces a la primera “familia victimaria”, y a la segunda “familia ineficiente”.

Son dos maneras diferentes de imaginarse o de encarar a la familia.

Se corresponde a la familia “sobreinvolucrada” (donde demasiadas cosas pasan), y a la familia “desligada” (donde demasiado poco pasa).

Lo que el autor propone es que las categorías de sobreinvolucración y desligamiento quizás correspondan más a la actitud del terapeuta que a la realidad de la familia. Ocurre que la forma en que uno imagina a la familia y a la relación de que ella guarda con el síntoma, se correlaciona con la forma en que uno define el cambio terapéutico.

Si se ve a la familia como victimaria, es lógico que el “cambio” requiera un rescate del individuo, y que la función del terapeuta sea clarificar la comunicación para desarticular mistificaciones, o planificar un juego estratégico que desbarate la victimización.

Estos terapeutas, operan desde una posición periférica, precaviéndose de toda posible contaminación, y “juegan” a perturbar el equilibrio del sistema mediante tiros por elevación

Los terapeutas familiares tenían un enemigo: la homeostasis.

Para los que creían en la familia victimaria, la homeostasis era la explicación de todo fracaso terapéutico, y esperaban de ella un efecto poderoso opuesto al cambio. Recuerden que el sistema familiar necesitaba del síntoma y la homeostasis lo reproducía constantemente.

Los que creían en la familia ineficiente, veían en la homeostasis algo que se parece a una inercia, algo pasivo, una dificultad de cambiar que a la vez permitía la continuidad del síntoma.

En cualquiera de los dos casos, la homeostasis era el enemigo número uno del terapeuta familiar.

Los terapeutas que ven a la “familia ineficiente”, piensan que el cambio pasa por una reorganización de la familia, lo cual requiere actualizar potencialidades que ella posee en forma implícita. Operan desde una posición más cercana a la familia: están constantemente en busca de establecer contacto con esas fuerzas latentes, y no les preocupa tanto el peligro de contaminarse. Lidian con la familia, se “arremangan”, empujan. (Se sientan cerca de los pacientes, quizás los tocan, critican con impaciencia, apoyan la posición de unos contra la de otros, no son neutrales ni asépticos).

¿Qué es lo que incide en la decisión de un terapeuta de abrazar uno u otra orientación?

Uno de los factores es la idiosincrasia del terapeuta.

La variante más extrema de la familia victimaria fue la que presentaron, en la década del 60, los escritos de Ronald Laing. Hoy en día, la posición distante y calma del terapeuta sistémico, parece más emparentada con la del inglés Bateson. Él y sus colaboradores trabajaron en Palo Alto, con dinero suministrado por fundaciones, en un contexto que les permitió un trabajo tranquilo y sin urgencias de la comunicación entre esquizofrénicos.

En cuanto a la posición terapéutica más involucrada, su materialización más típica es la terapia estructural de Minuchin, quien representa el extremo latino del espectro terapéutico en USA. Su modelo se originó en el trabajo con los chicos delincuentes de los barrios pobres de New York y se consolidó en la Child Guidance Clinic de Philadelphia, al ser aplicado a familias con pacientes psicosomáticos. Este contexto exigía al terapeuta una actitud más comprometida con el cambio, que con la comprensión. Por lo tanto la elección de un modelo terapéutico está también condicionado al contexto institucional en que se desenvuelve el terapeuta.

Los estilos de personalidad también podrían influir en las distintas orientaciones que eligen los terapeutas. Siguiendo los lineamientos de Melanie Klein, los terapeutas se podrían dividir en paranoides o depresivos. El paranoide es aquel que, cuando una familia falta a sesión, se pregunta: ¿Qué estarán tramando? El depresivo se pregunta: ¿Dónde metí la pata? El autor ubica al modelo estructural (en el cual se inscribe) en la posición depresiva, que se sabe, es la más sana.

El contexto organizador de las preferencias terapéuticas es más amplio que la institución. Los terapeutas americanos demuestran una preferencia por los movimientos de separación (centrífugos), consonante con una cultura que privilegia la independencia y la realidad del individuo como ente autónomo y autosuficiente. La tendencia a patologizar la proximidad y desvalorizar la coparticipación, es una característica bastante difundida en la literatura norteamericana de terapia familiar. El concepto de individuo como una totalidad diferenciada y a la vez parte de una realidad más amplia (Minuchin), es difícil de absorber para la mentalidad norteamericana.

El autor quiere llamar la atención sobre un aspecto del contexto de la terapia familiar, que a su juicio ha tenido influencia formante o deformante, en el proceso histórico de esta modalidad terapéutica.

Se refiere a la inclusión del tercero observador, ya sea por vía del espejo unidirecto, del video o cámara Gesell, en relación entre el terapeuta y la familia.

Dice que en primer lugar ha favorecido una formación o deformación del rol del terapeuta, en la que se enfatiza el exitismo y la especularidad por sobre la relación del terapeuta. El terapeuta no se está relacionando sólo con la familia, sino también con el grupo que lo observa, y con una audiencia hipotética que alguna vez verá el video de su trabajo. La existencia del grupo observando tras el espejo, configura un terreno propicio para el juego de alianzas, en el cual el terapeuta y el grupo pueden unirse en una postura crítica y desvalorizante hacia la familia.

El video como método de enseñanza ha expuesto a generaciones enteras de terapeutas familiares en formación, a una versión editada, sintetizada y selectiva de lo que es el proceso terapéutico. En la vida real, el maestro muchas veces se mete en vías muertas y sufre como cualquier mortal.

El acceso a las cámaras de Gesell y videos, ha simplificado la enseñanza. Los contenidos conceptuales se fueron desvirtuando, y las sofisticaciones de la actitud sistemática, se tradujeron en fáciles recetas técnicas. Lo importante es que el alumno adquiera ese mapa interno que guía el cuándo y el para qué de cada intervención.

Se da la ironía de una terapia familiar que ha alcanzado reconocimiento y difusión en lo que parece ser el momento más crítico de su solidez y eficacia. Y también se da la ironía de que esta terapia nacida como una alternativa para generar cambios donde los enfoques tradicionales estaban fracasando, enfrenta finalmente el espectro de su propio fracaso.

Esta crisis está dando origen a dos tipos de replanteo. Uno cuestiona la posibilidad de cambio como algo deseado o impulsado por el terapeuta. Es la línea introducida en USA por los que siguen la epistemología de Humberto Maturana, que sostiene que cada familia es como es, y que el proceso de cambio sigue leyes internas al sistema familiar y no puede ser dirigido desde afuera. El rol del terapeuta es más aceptador que desafiante, y es periférico, distante y calmo. El abandono de la pasión por cambiar al otro simplifica el trabajo del terapeuta, lo aísla del contacto con lo malo, lo enfermo. Al convencerme de que las cosas son como son, el efecto que uno puede tener, es poco o nulo.

La segunda derivación de esta crisis siguió una dirección totalmente opuesta. Mucha gente está empezando a pensar que quizá la familia sea el contexto relevante para producir el cambio. Se le ha dado interés a los contextos suprafamiliares (pobreza, desocupación, etc.), y se han desarrollado dos imágenes de familia distintas: una percibe a la familia como paciente identificado, como víctima de un contexto social injusto. Desde esta perspectiva no necesita cambiar algo que está dentro de la familia. La misión del terapeuta es contribuir tal que la familia pueda negociar mejor con el conjunto de la sociedad. Los terapeutas hacen cosas que no se identifican con la imagen tradicional de un terapeuta, como ser: ayudar a la familia a hacer cosas que no puede hacer. Se ve al terapeuta abogado, al que ayuda a la familia a negociar con la escuela, etc. Esta es la familia “impermeable”, donde las técnicas aprendidas no funcionan, y los cambios político-sociológicos hacen más difícil acceder a la familia

Otra imagen es la de la familia como cómplice, reflejo de la sociedad. Esta variante se desarrolla en USA, a partir de la crítica feminista, réplica de la desigual distribución de poder entre el hombre y la mujer en la sociedad. Este tipo de actitud hacia la familia ha introducido nuevas modalidades de acción terapéutica. Se ven terapeutas que fomentan una renegociación de los roles femenino y masculino dentro de la familia, buscan fortalecer la posición de la mujer.

Estas imágenes de la familia están en gran medida determinadas por las actitudes de los terapeutas y por los diversos contextos que organizan a estas actitudes. Resumen: Anónimo.

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