Secos y mojados


Las evidencias están al alcance de quienes quieran considerarlas: algunas regiones de nuestro país sufren una sequía endémica, mientras otras se encuentran afectadas por dramáticas y cíclicas inundaciones. M. Grinberg.

Las evidencias están al alcance de quienes quieran considerarlas: algunas regiones de nuestro país sufren una sequía endémica, mientras otras se encuentran afectadas por dramáticas y cíclicas inundaciones. Ello afecta el ciclo normal de las cosechas y la producción de alimentos, causa la muerte de muchas cabezas de ganado y otras especies comestibles. No se trata de huracanes, tifones, monzones o tsunamis asociados con un famoso “desorden climático” que los políticos del mundo debaten día por medio sin lograr acuerdos significativos. Hoy se trata de algo usual, cotidiano. Casi burocrático.
Hace una semana, la Organización Meteorológica Mundial (OMM, que monitorea todo el tiempo la temperatura máxima y mínima del ambiente natural del planeta) verificó 46,5 grados en nuestro Santiago del Estero y casi 60 grados negativos en la base rusa Vostok, en la Antártida. O sea: una variable de más de cien grados de temperatura en el hemisferio Sur.
No me referiré a hielos crecientes o menguantes, ni a los gases de efecto invernadero, ni a presuntas culpabilidades del mundo industrial. Sabemos que varios miles de hectáreas se han quemado en la provincia de Córdoba, donde se ha impuesto el racionamiento de agua: hace meses que no llueve sobre alrededor de cinco millones de hectáreas cordobesas. El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria informó que algo análogo afecta al oeste y el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, el este de La Pampa, casi la totalidad de San Luis, Santiago del Estero, el Chaco y el norte de Santa Fe. Simultáneamente, las aguas del río Paraná (debido a lluvias torrenciales en sus cuencas superiores) anegan las costas de Corrientes y Entre Ríos: miles de vacas han muerto pues sus pastos están sumergidos. Las pérdidas materiales de los pobladores ribereños son cuantiosas.
Uno de los fenómenos climáticos más notorios de la última década se denomina tropicalización. Indica que las fronteras tropicales, cuyos paralelos pasan por determinadas latitudes conocidas como Trópico de Cáncer (en el hemisferio Norte) y Trópico de Capricornio (en el hemisferio Sur), vienen expandiéndose en ambas direcciones e incrementan las temperaturas de las regiones implicadas. Entre sus efectos más notorios el fenómeno lleva consigo plagas de mosquitos vectores de enfermedades como el dengue.
Una señal de los impactos económicos de tal alteración de la temperatura ambiental, aparte del pertinente impacto en la salud pública, surge del modo en que afecta sembradíos específicos como, por ejemplo, los viñedos. En consecuencia, hace una quincena, la entidad Consorcios del Vino, que agrupa a unas noventa grandes firmas viñateras de Chile, prestó atención a los consejos de una importante empresa consultora internacional y planea trasladar sus cultivos hacia el sur de ese país porque en las zonas tradicionales todo se está volviendo más cálido y más seco.
Para saber lo que nos espera, basta observar a Australia, que durante la última década padece duros impactos de sequías e inundaciones como las ya mencionadas antes. ¿Por qué? Porque si tomamos un planisferio y analizamos las coordenadas geográficas notaremos que estamos en la misma latitud, que es la distancia que existe entre un punto cualquiera y el Ecuador, medida sobre el meridiano que pasa por dicho punto. Buenos Aires (Argentina) se halla en 34o latitud Sur y Sydney (Australia) en 33o latitud Sur.
El proceso ambiental que reseca a unos e inunda a otros en un mismo país surge de una alteración del ciclo hidrológico (circulación de las aguas). Primero, la luz solar evapora la superficie del océano y el vapor condensado se convierte en nubes que flotan hacia los continentes. Al precipitarse como lluvia o nieve, el agua se escurre hacia ríos, arroyos o acuíferos, o queda contenida en la alta montaña, helada. Los bosques son los riñones del planeta y retienen el líquido como esponjas. La evapotranspiración de los árboles devuelve el agua al cielo pero, cuando son talados, el circuito se corta. La tierra se reseca, el suelo se desertifica. Las nubes se van. Allí donde no reaparecen, la arena gana el territorio. Allí donde sobran, la gente anda con el agua al cuello. Secos unos, mojados los otros.
¿Quién monitorea estos asuntos en la Argentina? ¿Dónde se compilan y clasifican para volcarlas al ámbito público las abundantes informaciones referidas a las macrooscilaciones inducidas desde el océano Pacífico por las corrientes del Niño y de la Niña, sin olvidar a la corriente del Golfo, a propósito de las convulsiones oceánicas y climáticas? La OMM lo hace desde su página web.
Cuando arden miles de hectáreas, ya es tarde. Sin una ecología preventiva, la buena tierra sucumbe sin remedio.
Fuente: Critica Digital. Noviembre 2009

This entry was posted in cambio climatico, Medio Ambiente. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s