Dejar de creer en Dios mejora la salud poblacional



Gz-mapaImage via Wikipedia

Via: Rafa Cofiño en Salud Comunitaria
“La descripción del dolor individual en una persona puede resultar difusa.

En una población, en cambio, adquiere una nitidez pasmosa:
el dolor se vuelve cóncavo, resuena”
Anne Schypzer

Uno de las principales causas de sufrimiento, enfermedad y muerte en el mundo, desde los principios de la historia de las humanidades, son los causas externas violentas que tienen sus raíces en conflictos religiosos.
La gran mayoría de defunciones acaecidas por esta categoría son causas de mortalidad prevenible y prematura evitable, con un importante número de años potenciales de vida perdidos.
Además, la defunción de determinados grupos vulnerables por causas violentas (mujeres, niños, ancianos) genera en las sociedades afectadas un fenómeno definido por Jacques Gurllie como “doble dolor” (en relación con la hipótesis de Schypzer de la “concavidad del dolor”). Un efecto social que genera connotaciones morbiliformes que afectarán a varias generaciones (hay estudios muy sugerentes realizados en periodos después de las grandes guerras).

Es cierto que la secuencia fisiopatológica es compleja. La etiología “Dios” hay que meterla en el inicio de una cascada fisiopatológica espesa donde aparecen conflictos geográficos, conflictos raciales, de género y económicos. De hecho, la presencia muy constante de la variable “dinero” lleva a muchos autores a no considerarla -al dinero, me refiero- una variable intermedia sino un factor etiológico en sí mismo. Y de ahí la metonimia en muchas series publicadas entre Dios y Dinero.
Es cierto que en algunos casos la creencia de Dios tiene efectos protectores, aunque este mismo efecto protector (relacionado con componentes de solidaridad, justicia distributiva, etc) también han sido observados en muchas culturas y grupos poblacionales que no confesaban creencia alguna.
Y también es cierto que la evolución negativa de las personas con creencia a Dios iba asociada a una secuencia en la que aparecía la variable intermedia. “Religión” y sobre todo “Fundamentalismo” y quizás con determinados patrones genotípicos en estirpes de individuos francamente hijodeputas.
Llegados a este caso haría falta un epidemiólogo de pro que nos pusiera orden y sentido. Quizás la variable Dios como mecanismo protector no tenga que ver con Dios sino con algo diferente. (o en palabras de Florentina Resteiro “y por eso quizás el anclaje no estaba aquí y quizás era dios o quizás un rastro ceniciento que tiene la moldura del mundo antes de nacer”). O quizás la alteración genética sea precursora o haya matices educativos. No sé. Aquí en la hipótesis es cuando me lío.
En fin, resumiendo: a la espera de resultados más concluyentes y estudios epidemiológicos ad hoc, teniendo en cuenta las graves repercusiones en términos de morbilidad y mortalidad y los constantes ejemplos que nos ponen los telediarios y nuestros amigos en Gaza, dejar de creer en dios o dioses podría ser una buena medida para mejorar la salud de nuestras poblaciones. Y ya de no poder abandonar el hábito, tratar de creer con reservas, con tolerancia  y en pequeñas dosis anuales

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