Cerebros destrozados por la guerra


Soldados de EEUU patrullan en Baquba, Irak. (Foto: Marko Drobnjakovic | AP)

Soldados de EEUU patrullan en Baquba, Irak. (Foto: Marko Drobnjakovic | AP)

ELMUNDO.ES

MADRID.- Aparentemente están curados de sus heridas. Lo único que denota que han sufrido una lesión cerebral traumática es una cicatriz en la cabeza y, en muchos casos, ni eso. Sin embargo, los soldados estadounidenses que han combatido en Irak y Afganistán y han sido heridos por una explosión sufren secuelas a largo plazo difíciles de identificar.

Un editorial, publicado en ‘The Lancet‘, repasa cómo viven los militares en estas condiciones. Aunque la mejora de la atención médica en el campo de batalla es uno de los grandes logros de la medicina moderna y permite salvar la vida de soldados gravemente heridos, la revista señala que la calidad de vida de estos pacientes deja mucho que desear.

Según el artículo, unos 20.000 soldados de EEUU muestran signos de haber tenido una lesión cerebral traumática, una cifra cinco veces mayor de la que reconocen los datos oficiales del Pentágono. Las explosiones de granadas, minas y otros explosivos improvisados han aumentado considerablemente el número de combatientes con heridas traumáticas en la cabeza y que pagan las consecuencias a largo plazo.

Pero estos individuos no reciben en ocasiones el cuidado que requieren. Una de las causas es que sus síntomas se confunden fácilmente con los del estrés postraumático, una condición más estudiada. Estos soldados heridos en el cerebro pueden experimentar a su regreso a casa problemas de memoria, déficit de atención y concentración, dolores de cabeza, problemas de sueño, irritabilidad o depresión, características que también sufren los individuos con estrés postraumático.

Aunque las pruebas para detectar lesiones cerebrales se realizan de manera rutinaria a todos los veteranos que vuelven de la guerra, los síntomas pueden aparecer meses o años después del regreso. Muchas veces, al diagnóstico de una lesión cerebral traumática sólo se llega por las quejas de los familiares y amigos, que notan que algo ha cambiado en la persona que conocían y que este cambio no se debe sólo a la dura experiencia de la guerra.

Otra de las razones de esta falta de diagnóstico es que la ciencia aún desconoce muchas cosas en torno a las lesiones traumáticas cerebrales y, más, sobre las que han sido producidas en un conflicto bélico. Además de cambios en la presión atmosférica, las explosiones también liberan energía electromagnética, acústica, termal y de otros tipos. Asimismo, los componentes de algunos explosivos, como el trinitrotolueno, son tóxicos, quizás neurotóxicos, pero se desconoce el impacto de otros elementos.

Ante esta situación, con un tratamiento incierto, un diagnóstico complicado y cifras poco fiables sobre la magnitud del problema, ‘The Lancet’ señala que las heridas traumáticas cerebrales representan una crisis para el Ejército estadounidense. De hecho, el Departamento de Defensa parece ser consciente de esta realidad y, además de destinar millones de dólares a la investigación de estas lesiones, ha creado un Centro de Excelencia para este tipo de trastornos.

Asimismo, la revista médica destaca que no se trata sólo de un problema de los soldados. Alrededor de 1,4 millones de traumatismos ocurren cada año sólo entre la población civil de Estados Unidos, la mayoría de ellos por caídas, accidentes de tráfico, golpes con algún objeto y asaltos. Más de cinco millones viven cada día con las secuelas de estas heridas. “Los datos no son triviales. La investigación de estas lesiones es urgentemente necesaria y beneficiará no sólo a los militares sino a todos los ciudadanos”, concluye.